USEFUL AND BAD - a Dark Mirror


Breaking Bad nos resultó cómoda por una razón simple: el mal estaba claro. Una droga concreta, una adicción visible, una caída sin ambigüedades. La metanfetamina funcionó como símbolo perfecto de todo lo que no queremos ser. Destruye, arrasa, corrompe. Nadie la defiende. Nadie la normaliza.


Desde ahí, mirar es fácil. El adicto es otro. El exceso es otro. El problema es otro. La serie nos permite juzgar sin riesgo, indignarnos sin espejo. El mal tiene nombre, color, culpable. Y eso tranquiliza.


Primera dosis  — Lo que realmente atrae


Pero no miramos la serie solo por la caída. La caída, en el fondo, no fascina. Lo que atrae es el momento previo: la lucidez, el control, la eficacia. Walter White no seduce cuando se destruye, sino cuando funciona.


La droga aparece entonces no como castigo, sino como promesa: claridad, foco, sentido. Durante un rato, todo encaja. Y ahí se vuelve incómodo admitirlo: no toda adicción se vive primero como pérdida. Algunas se viven como mejora.


Ese es el punto ciego. No el daño, sino la sensación de rendir más, pensar más rápido, estar por encima del ruido. Ahí la serie deja de hablar solo de una sustancia ilegal y empieza a rozar algo más cercano. Algo que todavía no nombramos, pero que ya reconocemos.


Hay una pregunta que la serie nunca formula, pero deja flotando: ¿qué tipo de adicción hoy no podría filmarse porque sería demasiado normal?


Porque el problema no es la droga cuando se la reconoce como droga. El problema es cuando el estímulo no se presenta como exceso, sino como herramienta. Cuando no promete fuga, sino rendimiento. Cuando no margina, sino que integra. Ahí el mal deja de ser evidente. Ya no tiene color, ni nombre químico, ni caída dramática. Se vuelve funcional. Útil. Y precisamente por eso, invisible.


En ese punto, el espejo cambia de lugar. Ya no observás una adicción ajena, exagerada y ajena a tu vida cotidiana. Empezás a intuir una lógica que no se nombra como adicción, pero opera igual: exige atención constante, respuesta inmediata, estímulo sin pausa. No hay giro brusco. Solo un desplazamiento. La pregunta ya no es qué hace el personaje para sostener su mundo, sino qué prácticas sostenés vos sin llamarlas dependencia.


Segunda dosis — La adicción que no se nombra


Al principio no parece grave. Nadie empieza pensando en el daño. Se habla de control, de uso recreativo, de “yo puedo dejar cuando quiera”. El problema siempre es el exceso… de otros. Luego aparecen los síntomas leves, casi elegantes. Una necesidad constante, pero disimulable. Un pequeño vacío cuando no está. Una ansiedad sorda que se calma apenas vuelve a aparecer frente a ti.


El cuerpo no tiembla, es cierto. Tiembla algo más profundo: la atención. Cuesta sostener una idea, una conversación, una espera. Todo debe ser inmediato. Todo debe responder ya. La voluntad se adelgaza. No desaparece: se fragmenta. Cada vez decides menos y reaccionas más. Cada impulso manda. Cada estímulo dirige. La abstinencia no se nota como abstinencia.


Se disfraza de aburrimiento, de cansancio, de fastidio con el mundo. Nada alcanza. Nada llena. Todo se vuelve plano si no está presente. La dosis aumenta sin que lo adviertas. Ya no es solo para disfrutar: es para funcionar. Para dormir. Para distraerte. Para no sentir. Para no pensar demasiado.


Y cuando alguien sugiere que hay un problema, la respuesta es automática: no es para tanto. todo el mundo lo hace, es parte de la vida moderna.  Recién aquí conviene aclararlo:

no hemos hablado de ninguna sustancia ilegal. No hay polvo, ni pastillas, ni agujas.  Solo que, a diferencia de otras adicciones, esta no necesita esconderse. Se lleva en la mano. Se celebra. Se actualiza.


No se presenta como adicción porque no se vive como exceso. Se vive como necesidad. Como herramienta cotidiana. Como acceso. Está siempre a mano, siempre activa, siempre justificable. No promete evasión, promete eficiencia. No pide tiempo, lo fragmenta. No aísla del mundo, lo intermedia. Y en ese gesto mínimo —mirar, deslizar, responder— instala una exigencia constante: estar disponible.


No hay caída visible ni deterioro dramático. Hay cansancio disperso, atención rota, silencio intolerable. La mente aprende a saltar antes de quedarse. El cuerpo aprende a esperar estímulo. Por eso no alarma. Funciona. Y mientras funciona, nadie pregunta por el costo. La dependencia que se integra al día a día deja de parecer dependencia. Se vuelve hábito. Rutina. Normalidad. Útil. Y ahí, exactamente ahí, se vuelve peligrosa.



Tercera dosis — Lo normal no se cuestiona


No se cuestiona porque no interrumpe el orden. Al contrario: lo sostiene. Mantiene el flujo, la respuesta, la circulación permanente. No genera escándalo ni marginalidad. Genera continuidad.


Por eso no se prohíbe ni se diagnostica. Se promueve. Se optimiza. Se vuelve requisito implícito. Estar atento, disponible, actualizado deja de ser una elección y pasa a ser una expectativa.


Cuando una práctica es compartida por todos, deja de parecer un problema individual. Se vuelve clima. Época. Lo que antes habría sido síntoma hoy se llama adaptación. Así, la adicción más eficaz no necesita esconderse. Se disuelve en la normalidad. Y en esa disolución pierde nombre, límite y resistencia.


El precio no se paga de una vez. Se paga en fragmentos. En la dificultad para sostener una idea. En la incomodidad ante el silencio. En la urgencia por llenar cada vacío con estímulo. Nada parece grave. No hay desastre. Solo una erosión lenta: menos presencia, menos profundidad, menos capacidad de estar sin hacer.


La atención se vuelve frágil. El aburrimiento, insoportable. El cuerpo aprende a esperar una señal externa para autorizarse a sentir. No hay fondo del que recuperarse. No hay caída que obligue a parar. Solo desgaste continuo. Y como no duele de inmediato, se sigue adelante.


Toda adicción masiva necesita algo más que consumidores:

necesita distribuidores organizados. No aparecen con armas ni territorios marcados. No operan en la clandestinidad. No huyen de la ley: la redactan, la negocian, la anticipan. Son conglomerados pulcros, con sedes de vidrio y discursos amables.


Hablan de conexión, de comunidad, de libertad de expresión. Nunca de dependencia. Su producto no se vende: se regala. Y ese gesto —aparentemente generoso— es la clave del negocio. Porque cuando no pagas con dinero, pagas con atención, con datos, con tiempo de vida.


Nada está librado al azar. La dosis, la frecuencia, la recompensa intermitente, la notificación inesperada. Cada detalle está diseñado para que no sueltes. No por maldad personal, sino por eficiencia estructural.


Como todo cartel exitoso, no crea el deseo: lo administra. Lo refina. Lo vuelve cotidiano. Y cuando el daño empieza a notarse, la respuesta es conocida: manuales de uso responsable, controles parentales, campañas de bienestar digital. El problema nunca es el producto. Siempre es el usuario.


La legalidad funciona como coartada moral. Si es permitido, si es masivo, si es necesario para trabajar, informarse, vincularse, entonces no puede ser dañino. O al menos no lo suficiente como para cuestionarlo de raíz.


¿Veremos alguna vez a un Zuckerberg baleado en un tejado, al mejor estilo Escobar?

¿O a un Elon Musk escoltado por tropas estadounidenses, extraído de su imperio para responder ante una corte en Nueva York? Probablemente no.


No porque el daño sea menor. Sino porque aquí no hay ilegalidad visible, ni guerra declarada, ni enemigo externo. Hay contratos, términos de uso, acciones en bolsa y una narrativa de progreso. Los antiguos carteles eran perseguidos porque operaban fuera del sistema. Estos prosperan porque son el sistema. Por eso no hay persecuciones espectaculares, ni juicios ejemplares, ni finales trágicos. Solo actualizaciones. Solo crecimiento. Solo normalidad. Y tal vez ese sea el verdadero triunfo: haber construido una adicción tan eficaz que ya no necesita violencia para sostenerse.


Prime pasoI — Useful and bad


No se trata de demonizar herramientas ni de añorar un mundo sin pantallas. Eso sería otra forma de evasión. Se trata de notar cuándo algo deja de ser elección y pasa a ser reflejo. Cuándo lo útil ya no sirve a tu vida, sino que la organiza desde afuera.


Lo verdaderamente inquietante no es que algo sea malo, sino que funcione. Que encaje. Que sea eficiente. Que no obligue a detenerse. Porque cuando una práctica es útil y dañina al mismo tiempo, rara vez se abandona. Se racionaliza. Y quizá la pregunta no sea qué consumís, ni siquiera cuánto tiempo pasás ahí. Tal vez la pregunta sea más simple y más incómoda:


¿Qué parte de nosotros está siendo sostenida por algo que, silenciosamente, nos va quitando presencia?