El Territorio de la Duda
Como algunos sabrán y otros se estén enterando, soy padre de dos. Una nena y un varón. La paternidad, ese país sin mapa, se convirtió en el paisaje permanente de mis días, un territorio donde la certeza es un oasis y el aprendizaje, un viento constante.
Estos últimos años, una pregunta comenzó a tomar forma en mis silencios. No llegó de golpe, sino que creció a la sombra de las rutinas, entre los gritos de los juegos y las quietudes repentinas de la noche. Primero fue apenas un malestar, una inquietud sorda. Después, empezó a tomar la forma de una sombra que caminaba a mi lado. Hasta que un día, con una claridad que heló la sangre, pude escucharla. Era una pregunta que tocaba el hombro de mi conciencia y me decía: "¿Estaré fracasando como padre?"
Lo sentí como un golpe bajo. Esa interrogante me atrapó en un vacío lleno de miedo y cercana frustración. Miré a mi alrededor buscando un manual, una señal, una confirmación de que iba por buen camino. Pero solo encontré el desorden de los juguetes, los cuadernos con tareas a medio hacer y el silencio elocuente de mis hijos, que a veces parece un abismo imposible de cruzar.
Poco a poco, a fuerza de respirar hondo, logré domesticar esa interprelación perturbadora. Encontré la manera de habitarla, de crear y descubrir nuevas formas de equiparar las dudas con las certezas. Y debo confesar que, en algunos momentos de gracia, lograba acercarme a una tregua. Pensaba en una risa compartida, en un consejo bien recibido, en un "gracias, papá" dicho sin pedirlo, y sentía que tal vez, solo tal vez, no estaba arruinándolo todo.
Pero la pregunta siempre regresa. Porque este no es un examen que se aprueba y se archiva. Es un proceso vivo, que respira y cambia con ellos. Y en ese torbellino, el ruido del mundo a veces se cuela como un juez intruso. Voces que miden el éxito en logros visibles, en conductas impecables, en futuros asegurados. Un tribunal social que sentencia desde la superficie, sin conocer la batalla íntima de cada noche, el esfuerzo por conectar, el miedo a equivocarse, el amor que duele porque es tan vasto y tan frágil.
Los Jueces con Rostro Amado
Durante mucho tiempo, busqué el veredicto en los lugares equivocados. Lo busqué en la aprobación silenciosa de otros padres, en la sonrisa condescendiente de un maestro, incluso en ese espejo social que premia la imagen de una familia perfecta. Pero ninguna de esas sentencias, favorable o condenatoria, lograba calmar la inquietud. Porque el tribunal que realmente importa no se reúne en las redes sociales ni en las reuniones familiares. Se reúne a mi mesa, todos los días, con sus miradas que todo lo absorben y sus corazones que todo lo registran.
Los verdaderos jueces son ellos. Mis hijos.
Esta realización no es un alivio; es la aceptación de una vulnerabilidad total. Ellos son el único jurado cuyo fallo, algún día, tendrá el peso de una verdad irrebatible. Serán los narradores finales de esta historia que escribimos juntos, los únicos con derecho a decir: "Así fue mi infancia. Así fue mi padre".
Y es aquí donde la paradoja se revela en toda su crudeza, donde tu frase original cobra su peso completo: "Los jueces de ese tribunal tienen conflictos de intereses con el acusado."
No hay imparcialidad posible. ¿Cómo podría haberla? Los jueces son también las partes más afectadas. Son los testigos, pero también los herederos de cada uno de mis actos. Su veredicto estará teñido por el amor que les doy, por la rabia que a veces les provoco, por la dependencia que naturalmente sienten y por la rebeldía con la que, tarde o temprano, buscarán separarse de mí. Juzgarán desde la subjetividad más radical: la de quien recibe, para bien o para mal, el impacto directo de mis aciertos y mis fracasos.
No se puede apelar ante este tribunal. No hay corte superior. Su sentencia será la única que, en el silencio de mis noches, resonará con la fuerza de lo definitivo. "Fuiste un buen padre". "Me fallaste". O ese mosaico complejo de ambas cosas que conforma la verdad de cualquier relación humana profunda.
Aceptar esto fue el punto de inflexión. Fue soltar la necesidad de un "inocente" grabado en piedra, un certificado de aprobación perpetua. Porque tal cosa no existe en el amor, y menos aún en la paternidad. El juicio no es un evento final; es un proceso continuo, una conversación que dura toda la vida. Y al comprender que estaba sometido a este tribunal particularísimo, de repente la pregunta que me atormentaba cambió de naturaleza. Ya no era "¿estaré fracasando?", sino "¿qué clase de evidencia estoy construyendo, día a día, para presentar ante los únicos magistrados que me importan?".
La ansiedad por el fallo final se transformó, entonces, en la responsabilidad clara y presente por la calidad de mi propio testimonio.
Hoy, cuando la sombra vuelve y la interrogante se hace presente, ya no me asusto. He aprendido a no recibirla como un veredicto, sino como una compañera incómoda pero fiel de este viaje. Porque intuí que la respuesta no estaba en silenciarla, sino en descubrir ante qué tribunal, verdaderamente, estaba presentando mis pruebas.
La Construcción del Respaldo Propio
Así llegamos a la única respuesta posible, la única que calma la sed de rendición sin pedirte que abandones el campo. La revelación no fue encontrar la fórmula para ser declarado inocente, sino comprender que mi tarea no era ganar el caso, sino construir un caso íntegro. Descubrí más temprano que tarde que el fracaso no depende de mí. Las posibilidades de salir exitoso, sí.
¿Y en qué consiste ese éxito posible, ese "salir exitoso"? No es un veredicto ajeno. Es la construcción diaria, ladrillo a ladrillo, del respaldo propio. Es el archivo interno que atestigua no una perfección imposible, sino una intención incorruptible y una presencia sostenida. Es la evidencia de que, aunque me haya equivocado —y me equivoqué, y me equivocaré—, cada error fue parte de un intento genuino de amar y de criar, no de un acto de negligencia o desamor.
Este respaldo se construye con materiales simples y tremendos:
Con la paciencia que resurge después del grito. Con el "perdóname" dicho a tiempo, mirándolos a los ojos. Con la decisión de dejar lo que estoy haciendo para escuchar, de verdad, una historia trivial que para ellos es el mundo. Con el límite puesto con firmeza y sin crueldad. Con la vulnerabilidad de decirles "no sé" o "también tengo miedo". Con la constancia aburrida y heroica de estar allí, día tras día, en la rutina que teje los cimientos.
Lo que sí podemos construir es el respaldo suficiente para mantener nuestra inocencia hasta que se demuestre lo contrario o hasta obtener una duda razonable. Esta es la piedra angular. Ya no necesito —ni puedo— demostrar una inocencia absoluta. Mi tarea es vivir de tal manera que la acusación de haber faltado al amor sea, por la contundencia de los hechos acumulados, insostenible. Mi paz ya no depende del fallo final, sino de la calidad del testimonio que ofrezco a mi propia conciencia y al tribunal de sus corazones.
Por eso, hoy, cuando la sombra de la pregunta regresa, ya no ofrezco batalla. Le ofrezco mi trabajo de cada día. Le muestro el respaldo que estoy construyendo. Y encuentro una libertad extraña en esta rendición: la libertad de quien ya no espera un juicio exterior, sino que se sienta a escribir, con actos, su propia y más honesta defensa.
Y así, llego al final de este razonamiento, a la única certeza que vale la pena mantener: que, más allá de que me declaren culpable o inocente, espero nunca ser declarado inimputable. Porque la inimputabilidad sería la verdadera condena: significa que fui un espectador, un ausente, un padre tan distante o negligente que ni siquiera puede ser considerado responsable del daño o del bien que hizo. Ser "imputable" —ser considerado plenamente responsable de cada acto, de cada palabra, de cada omisión— es el único honor al que aspiro. Es la prueba máxima de que estuve allí, en el barro y en la luz, haciendo lo que pude con lo que tenía, completamente presente y, por lo tanto, completamente responsable de la obra imperfecta y viva de ser padre.