Existe una resistencia inmediata cuando se compara el uso abusivo del celular con una droga dura. La objeción aparece rápido: *no es lo mismo*, *no hay sustancia*, *no hay destrucción visible*. Sin embargo, cuando el foco se desplaza hacia los efectos neuropsicológicos y conductuales, la distancia comienza a reducirse.
No se trata del uso moderado de la tecnología, sino de su uso abusivo y compulsivo: aquel que interfiere con la atención, la voluntad y la regulación del deseo.
Adicción: una definición mínima
Desde la psiquiatría contemporánea, la adicción no se define únicamente por la presencia de una sustancia química, sino por un patrón de comportamiento caracterizado por la búsqueda compulsiva de recompensa, la pérdida de control, la tolerancia creciente y la persistencia del comportamiento a pesar de consecuencias negativas.
La BioDescodificación, por su parte, se ve como un programa biológico de supervivencia desviado. El impulso compulsivo es interpretado como la respuesta a un ‘hueco’ o conflicto interno no resuelto —a menudo inconsciente y transgeneracional— que el organismo intenta ‘llenar’ o anestesiar con una descarga masiva de neuroquímicos o con una conducta que simula pertenencia, control o plenitud. La sustancia o el comportamiento no son el problema; son la solución sintomática que encontró un cerebro en estado de emergencia psíquica.
En este marco, las llamadas adicciones conductuales —como el juego, la pornografía o las redes sociales— dejaron de ser una metáfora blanda para convertirse en una categoría clínica en expansión.
Dopamina, recompensa y repetición
La psiquiatra Anna Lembke, profesora en Stanford y autora de *Dopamine Nation*, describe cómo tanto las drogas químicas como ciertos comportamientos modernos actúan sobre el mismo sistema: el circuito dopaminérgico de recompensa.
El problema no es el placer en sí, sino la frecuencia, la intensidad y la disponibilidad constante del estímulo. Cuando el cerebro es expuesto de forma reiterada a recompensas rápidas, se eleva el umbral de satisfacción, se pierde sensibilidad al placer cotidiano y se genera una necesidad creciente de estímulos más frecuentes.
La metanfetamina produce este efecto de forma química y abrupta. Las redes sociales lo hacen de forma intermitente, constante y socialmente legitimada. En ambos casos, el resultado es similar: un cerebro cada vez menos capaz de tolerar el silencio, la espera o la ausencia de estímulo.
Atención fragmentada y empobrecimiento cognitivo
Nicholas Carr, en *The Shallows*, analiza cómo el uso intensivo de pantallas no solo modifica hábitos, sino la forma misma de pensar. La atención se fragmenta, el foco se vuelve errático y la mente aprende a saltar antes que a profundizar.
El uso abusivo de redes sociales se asocia con dificultades para sostener la concentración, aumento de la impulsividad cognitiva y pérdida progresiva de profundidad reflexiva. Este deterioro no se manifiesta como un colapso inmediato, sino como una erosión silenciosa.
Algo similar ocurre en consumidores crónicos de estimulantes: el pensamiento se acelera, pero se vuelve menos estable; la voluntad no desaparece, pero se adelgaza.
Coincidencias en los efectos
Al superponer los efectos del consumo crónico de metanfetamina con los del uso abusivo de redes y pantallas, las coincidencias se acumulan:
Alteración del sistema de recompensa
Tolerancia (necesidad de mayor estímulo)
Abstinencia psicológica (ansiedad, irritabilidad, vacío)
Deterioro de la atención sostenida
Aumento de impulsividad
Disminución de la voluntad consciente
Negación o minimización del problema
No coinciden en intensidad ni en velocidad, pero sí en función. Desde una perspectiva funcional, el solapamiento de efectos es significativo —especialmente en lo relativo a atención, deseo, control y dependencia psicológica — y puede estimarse en un rango cercano al 60–70%.
Te comparto un documento con un desarrollo más amplio sobre la comparativa de los efectos
Aceptación social y daño invisible
La metanfetamina es perseguida porque produce daño visible y rompe el orden social. El abuso de pantallas es aceptado porque optimiza productividad, consumo y conexión permanente.
Una interrumpe el sistema.
La otra lo sostiene.
Tal vez la incomodidad no provenga de la comparación, sino de lo que obliga a mirar. No todo lo que deteriora lo hace de manera escandalosa. Algunas formas de desgaste se vuelven normales precisamente porque son útiles, legales y compartidas.
La pregunta no es si una pantalla puede funcionar como una droga.
La pregunta es por qué necesitamos que algo sea ilegal para reconocer que nos está consumiendo.