USO Y ABUSO DE PANTALLAS: UNA FRONTERA DE CUIDADO

El uso de pantallas en niños con TEA rara vez se presenta como un problema. Llega como una solución práctica, silenciosa, socialmente validada. Regula conductas, reduce conflictos, facilita rutinas. En muchos casos incluso se lo percibe como un apoyo terapéutico. Y justamente por eso cuesta interrogarlo: porque no irrumpe, no alarma, no incomoda.


Cuando la exposición se vuelve constante y pasiva, el efecto no aparece como un daño inmediato sino como un desplazamiento progresivo. El mundo que ofrece la pantalla es previsible, repetible, sin fricción. Frente a un entorno relacional que exige espera, lectura del otro y tolerancia a la incertidumbre, el dispositivo ofrece control. No invade la escena: la ocupa.


Un estudio reciente publicado en BMC Pediatrics analizó esta relación en niños dentro del espectro autista utilizando una herramienta que no solo mide tiempo de pantalla, sino también calidad del uso: tipo de contenido, frecuencia, contexto y presencia o ausencia del adulto. Los resultados muestran una asociación consistente entre mayores niveles de exposición y un agravamiento de ciertos rasgos nucleares del espectro. No como aparición de nuevos síntomas, sino como intensificación de dificultades ya presentes: mayor rigidez conductual, menor flexibilidad atencional y aumento de conductas repetitivas en los niños con mayor consumo pasivo de pantallas.


Datos destacados:

Uno de los hallazgos más relevantes aparece en el área del lenguaje y la comunicación. Los niños con mayor exposición mostraron peores desempeños en habilidades auditivo-verbales y en el uso funcional del lenguaje. No se trata solo de vocabulario, sino de algo más profundo: menor iniciativa comunicativa, menos intercambio espontáneo y menor respuesta a estímulos sociales. La pantalla ofrece sonido, imagen y respuesta inmediata, pero no exige ajuste al otro. Y sin ese ajuste, el lenguaje pierde su función relacional.


El estudio también señala retrasos en la coordinación ojo-mano y en habilidades motoras finas, áreas directamente vinculadas al juego activo y a la exploración corporal del entorno. A mayor tiempo frente a la pantalla, menor desarrollo de estas capacidades. El cuerpo queda relegado a un segundo plano, reducido a sostener la mirada fija, mientras la experiencia se vuelve predominantemente visual y pasiva. Esto impacta no solo en lo motor, sino en el rendimiento general del niño en tareas cotidianas que requieren integración sensorial y acción en el mundo.


Un punto especialmente significativo es que estos efectos no dependen únicamente de la cantidad de horas, sino del modo de uso. El estudio observa diferencias claras entre el uso compartido con adultos —donde hay diálogo, señalamiento, acompañamiento— y la exposición solitaria y repetitiva. Sin embargo, cuando el uso se vuelve abusivo, incluso estas mediaciones pierden eficacia. La pantalla deja de ser un recurso y pasa a ocupar un lugar estructural en la organización diaria del niño.


Una frontera de cuidado


En este punto, la comparación con otras conductas adictivas deja de ser retórica. No se busca placer, sino alivio. No se explora, se repite. No se elige, se automatiza. Lo que regula a corto plazo comienza a empobrecer a largo. La pantalla calma, pero no construye. Organiza, pero no vincula.


En niños con TEA, donde el desarrollo no ocurre por acumulación de estímulos sino por calidad de encuentro, el riesgo no es tecnológico. Es relacional. El problema no es la pantalla en sí, sino el desplazamiento silencioso del otro. Y por eso pasa desapercibido: no aparece como síntoma, sino como adaptación. Como algo útil. Hasta que deja de serlo.


Soy consciente de que cada caso es único y que no existen recetas aplicables a todas las familias. También sé que muchas veces las dinámicas que implica convivir con un niño con TEA pueden resultar desbordantes, y que en ese contexto los recursos disponibles se usan, ante todo, para sostener el día a día. Lo que sigue no pretende generar culpa ni señalar fallas, sino proponer una frontera de cuidado: un límite posible y necesario para mantener un equilibrio en el uso de las pantallas como recurso. Si sienten que ese límite se ha ido corriendo, a continuación comparto algunas sugerencias que pueden servir como orientación.


No se trata de eliminar las pantallas ni de convertirlas en un enemigo. El primer paso es volverlas visibles: observar cuándo y para qué se usan. ¿Aparecen como apoyo puntual o como solución permanente? ¿Ayudan a organizar un momento o reemplazan el vínculo de manera sistemática? Nombrar ese lugar ya es una forma de cuidado.


Siempre que sea posible, es preferible priorizar el uso acompañado. Mirar juntos, comentar lo que aparece, señalar, preguntar, poner palabras. La pantalla compartida no es lo mismo que la pantalla solitaria. La diferencia no está en el dispositivo, sino en la presencia del otro.


Establecer momentos y límites claros, aunque sean flexibles, ayuda a que la pantalla no invada toda la jornada. No hace falta que sean muchos, pero sí previsibles. Cuando el uso tiene un inicio y un cierre reconocibles, disminuye la ansiedad y se evita que el recurso se vuelva automático.


Es importante cuidar los tiempos previos y posteriores al uso de pantallas. Pasar directamente de la pantalla a otra actividad suele generar irritabilidad o desconexión. Pequeñas transiciones —un rato de movimiento, un intercambio, una pausa— ayudan a que el niño vuelva a habitar el cuerpo y el entorno.


Ofrecer alternativas posibles, no ideales. No se trata de proponer actividades complejas o altamente demandantes, sino experiencias simples que involucren el cuerpo, el juego, el contacto con objetos reales o el intercambio con otros. A veces menos estímulo, pero más presencia, es suficiente.


Observar las señales del niño es clave. Si después del uso de pantallas aparecen mayor rigidez, irritabilidad, aislamiento o dificultad para comunicarse, quizás no sea necesario aumentar estímulos, sino reducirlos. No todo lo que calma regula; algunas cosas solo anestesian.


Por último, pedir ayuda también es una forma de cuidado. Revisar el uso de pantallas no tiene por qué hacerse en soledad. Acompañantes terapéuticos, docentes y profesionales pueden ayudar a pensar límites posibles, adaptados a cada realidad familiar, sin juicios ni exigencias desmedidas.