LA ENERGÍA QUE MATA: La relación entre las bebidas energéticas, la depresión, la ansiedad y el suicidio
Son las tres de la mañana y un estudiante universitario abre su segunda lata de la noche. Tiene un examen en horas y siente que sin ese impulso no va a llegar. En una fiesta de sábado, un grupo de adolescentes mezcla bebidas energéticas con alcohol porque "la previa sin eso es aburrida" y porque "hay que aguantar hasta el final". Un trabajador de la construcción, que arranca su jornada antes del amanecer, toma una lata para "despertarse", sin saber que ese impulso artificial le está robando el sueño que su cuerpo necesita para recuperarse del esfuerzo físico..
Las latas prometen cosas hermosas: energía, alerta, rendimiento, diversión. Sus marcas patrocinan deportistas extremos, festivales de música, videojuegos. El mensaje es claro: esto es lo que tomás si querés estar al nivel del mundo moderno, si querés rendir, si querés ser parte de la fiesta. La promesa es tentadora, sobre todo cuando tenés veinte años y el cuerpo parece de acero.
Pero hay una pregunta que nadie te hace cuando comprás una: ¿qué está pasando adentro mientras vos sentís ese subidón?
Un estudio publicado en 2024 revisó de manera sistemática la evidencia científica sobre el consumo de bebidas energéticas en jóvenes de entre 13 y 25 años. Analizó investigaciones de Asia, Europa, Norteamérica y Oceanía, con muestras que iban desde pequeñas cohortes hasta más de 121 mil adolescentes. Y lo que encontró debería hacerte prestar atención la próxima vez que tengas una lata en la mano.
Los datos son contundentes: el consumo frecuente de estas bebidas no es un hábito inofensivo. Está directa y consistentemente asociado con un aumento en los niveles de ansiedad, depresión y estrés. En un estudio australiano que siguió a jóvenes durante dos años, los varones que pasaron de no consumir a consumir mostraron un incremento promedio de 6.1 puntos en las escalas de depresión y 3.8 puntos en las de ansiedad. Son números que duelen. Son puntos que se traducen en noches sin dormir, en irritabilidad constante, en ese malestar difuso que no sabés bien de dónde viene pero que está siempre ahí.
Y hay más. Investigaciones con más de 121 mil adolescentes en Corea determinaron que tomar bebidas energéticas tres o más veces por semana se asocia con un riesgo tres veces mayor de intentar suicidarse. La cifra es escalofriante: 3 veces más probabilidades de que un pibe que consume estas latas termine intentando quitarse la vida. La angustia psicológica grave, los pensamientos suicidas, los intentos concretos... todo eso aparece vinculado a este hábito que muchos consideran inofensivo.
Lo más perverso es la paradoja que se esconde detrás. Los jóvenes las consumen para tener más energía, para rendir más, para no dormirse, para estar a la altura de las exigencias. Y lo que obtienen, a cambio, es exactamente lo contrario: trastornos del sueño que los dejan más agotados, ansiedad que consume la energía mental, depresión que vacía las ganas de vivir. Es como prender fuego la casa para tener más luz.
El marketing no te cuenta esto. Las latas no vienen con una advertencia que diga: "Este producto puede aumentar tus niveles de ansiedad hasta el punto de que quieras desaparecer". No hay publicidad que muestre al pibe que, después de meses de consumo frecuente, no puede dormir sin sentir que el corazón se le sale del pecho.
Este artículo no busca asustarte por asustarte. Busca que mires con otros ojos esa lata que tal vez tengas al lado. Porque la evidencia está ahí, publicada, revisada, confirmada. La pregunta ahora es: ¿vas a seguir creyendo en la promesa de energía sin precio, o vas a empezar a preguntarte qué es lo que realmente estás tomando?
La Química del Malestar
La primera lata te da esa chispa. La segunda, esa sensación de poder con todo. La tercera, quizás, ya ni la registrás. El cuerpo, sabio en su silencio, empieza a acumular facturas que después van a llegar con intereses.
Lo que el estudio viene a mostrar, con la frialdad de los números, es que esa factura existe y es más pesada de lo que imaginás.
En un seguimiento realizado durante dos años a jóvenes australianos, los investigadores observaron que los varones que pasaron de no consumir bebidas energéticas a consumirlas experimentaron "un aumento promedio en puntuaciones de depresión, ansiedad y estrés de 6.1, 3.8 y 3.2 puntos respectivamente". Esos no son números abstractos. Son seis puntos más de tristeza sin causa aparente. Casi cuatro puntos más de esa opresión en el pecho que no te deja respirar tranquilo. Tres puntos más de sentir que todo te supera. Todo eso, en apenas dos años, sin que mediara ningún otro cambio importante en sus vidas. Solo las latas.
Pero hay más. Mucho más.
Un estudio realizado con más de "121 mil adolescentes" en Corea del Sur encontró algo que debería estar en la tapa de todos los diarios: "la ingesta frecuente de bebidas energéticas se asoció significativamente con intentos de suicidio". Los jóvenes que consumen estas bebidas "tres o más veces por semana" tienen un riesgo "tres veces mayor" de intentar quitarse la vida. La cifra es tan brutal que cuesta procesarla. No es un poco más de riesgo. Es el triple. Y el riesgo de tener pensamientos suicidas —esa voz interna que empieza a considerar la posibilidad de no estar más— casi se duplica en los consumidores habituales.
Tres veces más probabilidades de que un individuo que toma estas latas termine intentando desaparecer. Leé esa frase de nuevo. Dejá que se asiente.
Y si pensás que esto solo pasa en casos extremos, los números te vuelven a sacudir. Incluso en estudios pequeños, con grupos reducidos, se observó algo inquietante. Jóvenes que antes de consumir estas bebidas estaban en rangos mínimos de ansiedad, después de tomarlas reportaron "ansiedad leve y perfiles patológicos de depresión". O sea, el cambio no es gradual ni invisible. Es medible. Es real.
Mientras tanto, el cuerpo también va dejando sus propias marcas. Los estudios muestran que quienes consumen "400 mg de cafeína por día o más" —cantidad perfectamente alcanzable con dos o tres latas— reportan diferencias estadísticamente significativas en "dolores de cabeza, episodios de terror o pánico, sentirse atrapado, preocuparse demasiado por las cosas, sentimientos de inutilidad, puntuación de ansiedad y angustia psicológica". El corazón empieza a latir más rápido, la presión sube, y aunque no lo sientas en el momento, estás sembrando tierra fértil para problemas cardiovasculares en el futuro.
Y está el sueño. Ese gran ausente en la vida de los jóvenes. Las bebidas energéticas se toman, justamente, para no dormir. Para estirar la noche de estudio, para aguantar la fiesta, para llegar a todo. Pero lo que generan, según el estudio, es "tiempo de sueño anormal" y una relación directa entre mayor ingesta y peor descanso. Ahí se arma el círculo vicioso perfecto: dormís mal, estás agotado, necesitás la lata para funcionar, la lata te destruye el sueño, dormís peor, necesitás más latas.
La paradoja es tan cruel como perfecta: buscás energía y obtenés agotamiento. Buscás rendir más y obtenés ansiedad. Buscás estar alerta y obtenés insomnio. Buscás vivir la vida al máximo y obtenés, en los casos más extremos, ganas de dejarla.
Esto no es una coincidencia. Es la química del malestar actuando en tu cuerpo mientras vos creés que solo estás tomando algo para seguir el ritmo.
Los Rostros del Riesgo
Hay un dato que atraviesa todos los estudios como una flecha: no todos los cuerpos reaccionan igual. Cuando los investigadores empiezan a separar los resultados por sexo, aparece una verdad incómoda que el marketing no quiere que veas.
Los varones adolescentes y adultos jóvenes son, de lejos, los más afectados.
No es una cuestión de percepción ni de ideología. Es lo que los números muestran sin ambages. En el estudio australiano de cohorte, el único que siguió a los jóvenes durante dos años, los resultados fueron clarísimos: "los hombres, pero no las mujeres, que cambiaron de ser no consumidores a consumidores tuvieron aumento promedio en puntuaciones de depresión, ansiedad y estrés de 6.1, 3.8 y 3.2 respectivamente". Las mujeres del mismo estudio no mostraron esos incrementos. Ellos sí.
¿Por qué?
La primera respuesta es simple y casi mecánica: los varones consumen más. Las estadísticas de todos los estudios revisados coinciden en que los hombres toman más bebidas energéticas que las mujeres. Más latas, más seguido, en mayores cantidades. Más exposición a la cafeína, más azúcar, más impacto en el sistema nervioso. Esa mayor dosis, lógicamente, trae mayores consecuencias.
Pero hay algo más. Algo que los números no terminan de explicar pero que los investigadores intuyen. En el estudio estadounidense con más de 121 mil adolescentes, se observó que "la asociación entre el consumo de bebidas energéticas y la salud mental fue mucho más fuerte en estudiantes de secundaria varones". No solo consumen más. La relación entre lo que toman y cómo se sienten es más intensa. Como si sus cuerpos fueran más vulnerables a esa química, o como si las condiciones que los llevan a consumir fueran también las que los predisponen a caer más hondo.
Los números vuelven a aparecer, implacables. En ese mismo estudio, el riesgo de angustia psicológica grave, pensamientos suicidas e intentos de suicidio vinculados al consumo de estas bebidas era significativamente mayor en los varones. La combinación es letal: ellos consumen más, los afecta más, y terminan cayendo en un pozo más profundo.
Y después está todo lo que viene con el consumo. Porque el varón joven que toma bebidas energéticas con frecuencia no suele ser un pibe que solo toma eso. Los estudios muestran que estos consumidores tienen "más probabilidades de presentar malos hábitos alimenticios, incluido el consumo de bebidas azucaradas y comida chatarra". También "una mayor tendencia al uso de múltiples sustancias, incluidos alcohol, tabaco y drogas blandas y duras". La lata es la puerta de entrada a un combo de conductas de riesgo que van destruyendo la salud física y mental de manera silenciosa pero constante.
Los varones jóvenes, además, están atrapados en una trampa cultural silenciosa: la del que tiene que "aguantar". El que no puede mostrar debilidad. El que resuelve solo sus problemas. El que, cuando la ansiedad aprieta o la tristeza se instala, no busca ayuda sino que se toma una lata para seguir funcionando. La bebida energética se convierte entonces en la muleta química de una generación de pibes que no aprendieron a pedir auxilio.
No se trata de señalar con el dedo a los varones. Se trata de entender que ellos están en la primera línea de fuego. Son los que más consumen, los que más sufren las consecuencias, los que más riesgo tienen de terminar en un intento de suicidio. Son los rostros del riesgo, aunque pocos quieran mirarlos de frente.
Mientras tanto, las marcas siguen patrocinando deportes extremos, competencias de videojuegos, festivales de música donde son felices por un rato. Nadie les dice que esa lata que tienen en la mano, esa que los hace sentir invencibles, está cobrando un precio que van a pagar después. Con creces.
La Mezcla Mortal
Si el consumo de bebidas energéticas solo fuera un hábito solitario, quizás el daño sería más contenido. Pero no. En la mayoría de los casos, la lata llega acompañada. Y ahí es donde el riesgo se multiplica.
Los estudios muestran que aproximadamente el 24% de los jóvenes que consumen bebidas energéticas las ingieren mezcladas con alcohol. Una de cada cuatro latas que se toman en fiestas, bares o previas no viaja sola: lleva alcohol como compañero. Y esa combinación no es una simple mezcla de sustancias; es un cóctel químico diseñado para mentirle al cuerpo.
La cafeína es un estimulante. El alcohol, un depresor. Cuando los tomás juntos, la cafeína enmascara los efectos del alcohol. Te sentís menos ebrio de lo que realmente estás. Tu percepción se distorsiona. Creés que podés manejar, que podés seguir tomando, que estás en control. Pero no es cierto. Tu coordinación está alterada, tus reflejos disminuidos, tu juicio nublado. Solo que no lo sentís. La lata te engaña, y el engaño puede costarte la vida.
Los estudios revisados lo confirman sin vueltas: esta mezcla se asocia directamente con "deterioro de la percepción, debilidad, cefaleas, aumento de conductas violentas y de riesgo". No es un detalle menor. Cuando un joven mezcla bebida energética con alcohol, no está siendo más divertido ni más resistente. Está poniendo su cuerpo y el de los demás en una línea muy fina entre la euforia y la tragedia.
Pero hay algo más profundo, algo que los investigadores señalan como una alerta silenciosa. El consumo frecuente de estas bebidas —especialmente cuando se combinan con alcohol, tabaco u otras drogas— funciona como lo que llaman un "marcador de conductas nocivas". No es que la lata sea mala en sí misma y ya. Es que los jóvenes que las toman con regularidad suelen tener un perfil de vida donde el riesgo, el desorden y la falta de cuidado son moneda corriente.
"Los consumidores de bebidas energéticas tienen más probabilidades de presentar malos hábitos alimenticios, incluido el consumo de bebidas azucaradas y comida chatarra", dice la evidencia. También tienen "una mayor tendencia al uso de múltiples sustancias, incluidos alcohol, tabaco y drogas blandas y duras". La lata no es la causa de todo, pero es una señal. Una bandera roja que ondea avisando que algo no anda bien.
El patrón se repite en los estudios de todo el mundo. Los jóvenes que más consumen estas bebidas son los que duermen menos, los que desayunan peor, los que enfrentan el día a día con una combinación de estimulantes y alcohol, los que naturalizaron la idea de que vivir al límite es la única manera de vivir. Son los que aguantan hasta el final en la fiesta, los que trasnochan estudiando con la tercera lata, los que mezclan sin preguntarse qué está pasando realmente adentro de su cuerpo.
Y mientras tanto, las marcas siguen patrocinando eventos donde el alcohol y las bebidas energéticas se venden juntos. Siguen asociando su producto con la diversión, con la noche, con el descontrol controlado. Nadie les dice que esa combinación que los hace sentir tan vivos es, precisamente, la que los acerca más a la muerte.
La mezcla mortal no es una exageración. Es una descripción precisa de lo que pasa cuando juntás lo que te acelera con lo que te adormece, y le decís a un cuerpo joven que se las arregle como pueda. El cuerpo, tarde o temprano, siempre pasa factura. Y cuando la pasa, no discrimina: te puede cobrar con un accidente, con una noche en coma etílico, con una decisión impulsiva de la que no hay vuelta atrás.
Todo eso empieza con una lata. Una sola. Y después otra. Hasta que la mezcla se vuelve hábito, y el hábito se vuelve forma de vida. Y la forma de vida, a veces, se vuelve muerte.
De la Alerta a la Consciencia
Hasta acá llegamos con los números, con las alertas, con las advertencias. Sabemos lo que pasa. Sabemos que las bebidas energéticas no son inocentes. Sabemos que están directamente relacionadas con ansiedad, depresión, intentos de suicidio, trastornos del sueño, problemas cardíacos y una larga lista de daños que deberían estar escritos con letras grandes en cada lata.
Ahora viene la pregunta que realmente importa: **¿y entonces? ¿Qué hacemos con todo esto?**
Porque no se trata de satanizar un producto ni de convertir este artículo en un panfleto prohibicionista. La mayoría de los jóvenes que toman estas bebidas no son irresponsables ni ignorantes. Son Sere que están intentando lidiar con un mundo que les exige cada vez más: más horas de estudio, más productividad, más vida social, más estímulos, más, más, más. La lata es una respuesta a esa exigencia. Una respuesta equivocada, dañina, pero comprensible.
El problema no es solo la bebida. El problema es un sistema que naturaliza el estar siempre al límite, que confunde energía con estimulación química, que vende como "rendimiento" lo que en realidad es puro desgaste.
Entonces, ¿qué hacemos?
Primero: informarnos sin miedo. Los datos están. El estudio que recorrimos es claro: "el consumo de bebidas energéticas afecta la salud mental de los adolescentes y adultos jóvenes, produciendo trastornos como ansiedad, estrés y depresión, llegando incluso a ideación suicida". No es una opinión. Es evidencia científica publicada y revisada. El primer paso para cambiar un hábito es saber, realmente saber, lo que ese hábito te está haciendo.
Segundo: escuchar al cuerpo. Ese nudo en el estómago que aparece después de la segunda lata. Esa noche que no podés dormir aunque estés agotado. Esa irritabilidad que no sabés de dónde viene. Esa taquicardia que te asusta un segundo y después olvidás. El cuerpo habla. El problema es que aprendimos a ignorarlo. La próxima vez que tomes una bebida energética, prestá atención. No a la "energía" que sentís, sino a todo lo demás. A lo que viene después. A lo que se instala de a poco.
Tercero: buscar alternativas reales. Los estudios mencionan algo clave: los jóvenes consumen estas bebidas "para poder estar más tiempo despierto, tener mayor energía, lidiar con la carga académica, permanecer alerta". Son necesidades legítimas. El problema es la respuesta química que elegimos para satisfacerlas. Existen otras formas:
- Higiene del sueño: Dormir bien no es un lujo, es la base de todo. No hay bebida energética que pueda compensar una semana de mal descanso.
- Gestión del tiempo: La mayoría de las trasnochadas de estudio son consecuencia de una mala organización, no de falta de horas en el día.
- Conexión con el cuerpo: Suena a frase hecha, pero hay evidencia de que prácticas como la atención plena mejoran la memoria, la atención y reducen el estrés sin efectos secundarios.
- Alimentación consciente: Lo que comés (y lo que dejás de comer) impacta directamente en tu energía real. No es lo mismo un pico de cafeína que una nutrición sostenida.
- Actividad física: El mejor estimulante natural es el que tu propio cuerpo produce cuando se mueve.
Cuarto: los adultos, presentes. Padres, educadores, profesionales de la salud: el estudio les habla directo. "Los profesionales de Enfermería cumplen un rol fundamental en la promoción de la salud mental en todo el ciclo vital", dice. Pero no solo ellos. Cualquier adulto que tenga un joven cerca puede hacer algo: preguntar, observar, acompañar. No desde el juicio, sino desde la preocupación genuina. "¿Cuántas de esas tomás por semana? ¿Sabés lo que dicen los estudios?" A veces, una pregunta a tiempo cambia todo.
Quinto: recuperar la noción de que la energía no se compra en lata. La energía vital no viene de afuera. Se genera adentro. Con descanso, con buena alimentación, con movimiento, con vínculos reales, con propósito. Lo que venden las bebidas energéticas es un sucedáneo barato y peligroso de algo que debería nacer de tu propio cuidado. Es como comprar flores de plástico en lugar de aprender a cultivar un jardín.
El estudio termina con una frase que vale la pena recordar: "Con este estudio no se busca vetar por completo la venta y consumo de bebidas energéticas, sino generar conciencia en los consumidores y profesionales de la salud, resaltando que, como con todas las comidas y actividades, el exceso no es recomendable, pues sumado a los efectos en la salud física, existe riesgo de alteraciones en la salud mental".
No se trata de nunca más tomar una lata. Se trata de saber lo que estás tomando. Se trata de preguntarte, antes de abrir la siguiente: ¿esto me está dando energía o me la está sacando a futuro? ¿Estoy usando la bebida o ella me está usando a mí?
La verdadera energía, esa que sostiene, esa que no viene con bajón ni con taquicardia ni con insomnio, esa no se consigue en un supermercado. Se construye de a poco, con hábitos que cuidan, con decisiones conscientes, con el coraje de parar y preguntarse: ¿cómo estoy realmente? ¿qué necesito de verdad?
La respuesta, cuando viene de adentro, no viene en lata. Viene en forma de vida.