En estos días, terminé de leer un estudio que hace unos años, el psiquiatra Sami Timimi publicó en un artículo que pasó desapercibido para la mayoría pero que, si lo leés con atención, puede cambiarte la forma de mirar la infancia. Se titula Cientificismo y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), y su tesis es tan simple como perturbadora: el concepto de TDAH no tiene base empírica.
No es una opinión. Es una constatación que Timimi sostiene con décadas de revisión de estudios. Examina la genética y encuentra que los famosos estudios con gemelos parten de un supuesto inviable —que gemelos y mellizos viven el mismo entorno psicológico— y que la búsqueda de genes asociados no ha logrado producir un hallazgo consistente. Examina la neuroimagen y descubre que las diferencias cerebrales que algunos proclaman desaparecen cuando se controla el cociente intelectual. Examina la teoría del desequilibrio químico y demuestra que es un mito creado por el marketing farmacéutico: nunca se ha demostrado que los niños etiquetados tengan niveles anormales de dopamina.
Y sin embargo, el TDAH se habla como si fuera una enfermedad real. Como si tuviera la misma solidez que la diabetes o una fractura. Como si la ciencia hubiera dicho su última palabra.
¿Cómo es posible?
Timimi introduce un concepto clave para entenderlo: cientificismo. No es ciencia, sino la fe en que algo es científico porque suena a ciencia. Es la creencia de que ponerle un nombre con siglas, respaldado por manuales y campañas, equivale a explicar un fenómeno. Es el reemplazo de “porque así lo dice la Biblia” por “porque así lo dicen los científicos”, sin que medie el escrutinio riguroso que la verdadera ciencia exige.
El cientificismo, dice Timimi, “alude al hecho de ser científico de una forma basada en la fe”. Y el TDAH es su ejemplo más exitoso.
Porque la etiqueta no sobrevive por su solidez empírica —que no tiene—, sino por su utilidad cultural. En una sociedad que ha perdido tolerancia hacia la diversidad en el desarrollo infantil, que exige niños quietos en la escuela, que no demanden atención en casa, que no desborden a los adultos, el diagnóstico cumple una función precisa: convierte un problema relacional, educativo o contextual en un problema médico.
Ya no es “¿qué está pasando en esta familia?”, “¿qué está pasando en esta escuela?”, “¿qué nos está demandando este niño con su comportamiento?”. Es “tiene un trastorno”. Y como es biológico, la solución también lo es: un fármaco.
La etiqueta alivia culpas. Permite que los adultos se descarguen de la incomodidad. Permite que la demanda de atención se transforme en una receta. Permite que cualquier desequilibrio en la salud mental infantil se resuelva con un diagnóstico y una pastilla como único tratamiento.
El problema —y acá empieza lo realmente grave— es que esa pastilla no es agua bendita. Es una anfetamina. Y cuando se receta durante años, sus efectos no son inocuos. Pero antes de llegar a eso, hay que hacer una pausa y preguntarnos algo más radical: ¿qué estamos haciendo cuando llamamos “trastorno” a lo que tal vez solo es una forma diferente de ser niño? ¿Qué perdemos cuando la mirada clínica reemplaza a la comprensión del contexto? ¿Y por qué, en lugar de preguntarnos qué está pasando en la vida de ese niño, preferimos etiquetarlo y medicarlo?
La infancia en 5k y escuela en blanco y negro.
Hay una idea que se repite como un mantra en las reuniones de padres y en los pasillos escolares: “antes los niños no eran así”. Y en parte es cierto. Los niños de hoy no son los de hace treinta años. Pero no porque hayan mutado sus genes, sino porque el mundo en el que crecen es radicalmente distinto.
Pensá en lo que llega a su plato. Alimentos ultraprocesados, cargados de azúcares y aditivos que bombardean su sistema nervioso antes de que tenga herramientas para regularse. La dieta moderna es un experimento químico constante sobre cuerpos en desarrollo, y los efectos no tardan en aparecer en la forma de sostener la atención, de calmarse, de dormir.
Pensá en dónde pasan sus días. La calle, ese territorio donde antes se aprendía a negociar, a correr riesgos, a aburrirse y reinventarse, dejó de ser el escenario natural del juego y la socialización. El aire libre, la tierra bajo los pies, el encontrarse con otros sin mediación de pantallas, todo eso se fue reemplazando por entornos controlados, cerrados, hipervigilados. Un niño que no trepa árboles, no se ensucia, no corre riesgos regulados, no desarrolla las mismas bases sensoriales y emocionales que las generaciones anteriores.
Pensá en cómo se relacionan. La presencialidad en entornos grupales se fragmentó. La amistad ya no se teje tanto en el parque o en la plaza, sino en chats y videollamadas. El cuerpo, que necesita moverse y encontrarse con otros cuerpos para aprender a regular la emoción, queda confinado. El contacto con la naturaleza, con sus ritmos lentos, sus imprevistos, su capacidad de calmar, se ha vuelto un lujo que muchos niños ya no conocen.
Sumale a esto las pantallas, que fragmentan la atención desde la cuna. Adultos agotados que llegan a casa sin energía para sostener presencia. Una cultura que todo lo acelera y no enseña a esperar. Un bombardeo de estímulos que satura un sistema nervioso que aún está aprendiendo a procesar el mundo.
Los niños han cambiado porque el entorno los ha cambiado. No es un misterio genético. Es una transformación ambiental profunda, que ha ocurrido en apenas dos décadas.
Sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Algo que sigue anclado en Prusia. La escuela sigue siendo la misma de hace siglos.
Sigue exigiendo quietud absoluta. Sigue esperando que todos los niños aprendan al mismo ritmo, sentados en la misma silla, en el mismo orden, escuchando en silencio. Sigue midiendo el éxito por la capacidad de obedecer, de no moverse, de no interrumpir. Sigue funcionando como una fábrica de normalidad que no tiene espacio para la diversidad de ritmos, de cuerpos, de formas de habitar el mundo.
Antes, esa escuela podía lidiar con la mayoría de los niños porque el entorno fuera de ella los había preparado de otra manera: con cuerpos que habían corrido hasta el cansancio, con mentes que habían aprendido a esperar porque la naturaleza no acelera, con sistemas nerviosos regulados por el juego libre y la presencia adulta sostenida. Hoy, el niño que llega al aula ya viene bombardeado de estímulos que la escuela no solo no compensa, sino que profundiza con su rigidez.
Y frente a ese desajuste masivo —más niños que no encajan en un molde que no se actualiza— la respuesta del sistema ha sido consistente: patologizar al que no se adapta.
En lugar de preguntarse si tiene sentido que un niño de siete años esté al menos 4 horas sentado, se diagnostica hiperactividad. En lugar de revisar si el currículum tiene algún significado para un niño que vive rodeado de estímulos digitales, se diagnostica déficit de atención. En lugar de cuestionar una institución que nació para otra época, se cambia al niño. Se le pone una etiqueta. Se le da una pastilla.
Y los adultos —maestros, padres, profesionales— respiran aliviados. Porque si el problema está en el niño, entonces ya no es de ellos. Ya no hay que revisar prácticas pedagógicas anquilosadas, ni reorganizar los tiempos escolares, ni preguntarse por qué un sistema que no respeta los ritmos vitales sigue siendo la norma. Ya no hay que recuperar presencia en casa, ni limitar las pantallas, ni reconstruir el tejido social que se perdió. Es un trastorno. Y como es biológico, la solución es médica.
La etiqueta cumple así una función cómoda: permite no cambiar nada. Permite que la escuela siga siendo lo que siempre fue. Permite que los adultos sigan sin hacerse cargo del entorno que le ofrecen a los niños. Permite que el sistema siga produciendo diagnósticos en lugar de preguntarse qué está pasando con la infancia.
La verdad incómoda es que no hay una epidemia de TDAH. Lo que hay es una epidemia de niños que no encajan en una escuela que se niega a transformarse. Y una sociedad que, en lugar de preguntarse qué clase de infancia está construyendo y qué clase de adultos está siendo, prefiere ponerle un nombre científico a su propia incomodidad.
El precio de la etiqueta
La historia de cómo se popularizó este tratamiento es, cuando menos, inquietante. Los estudios que respaldaron su uso masivo fueron, en su mayoría, financiados por la propia industria farmacéutica. El más famoso de ellos, el estudio MTA publicado en 1999, comparó cuatro grupos de niños durante catorce meses y concluyó que los que recibían medicación mejoraban más en sus síntomas. Fue presentado como la prueba definitiva de que los estimulantes funcionaban. Las guías clínicas de medio mundo lo incorporaron. La prescripción se disparó.
Lo que no se dijo con la misma fuerza es que catorce meses no son lo mismo que los años que un niño suele pasar medicado. Y que los autores del estudio tenían extensos conflictos de interés con las compañías que fabricaban esos fármacos. Tampoco se dijo que los niños que recibían terapia conductual también mejoraron, solo que esa opción era menos “eficiente”.
Pero hubo algo que se dijo aún menos. Ocho años después, en 2007, se publicó el seguimiento a tres años del mismo estudio. Para entonces, los niños ya no estaban asignados a grupos fijos; habían elegido sus propios tratamientos. Y los resultados fueron radicalmente distintos: los que seguían tomando estimulantes no solo no estaban mejor, sino que tenían más síntomas, más conductas delictivas, y eran significativamente más bajos y más delgados que los que habían dejado la medicación.
Ese estudio de seguimiento no tuvo portada en las revistas. No generó campañas de concientización. No modificó las guías clínicas. La inercia del cientificismo ya se había instalado: la idea de que el TDAH es biológico y requiere medicación se había convertido en dogma, y los datos que lo contradijeran quedaron sepultados en el silencio académico.
Los daños, mientras tanto, seguían acumulándose.
Se sabe que los estimulantes pueden afectar el crecimiento. Los niños que los toman por años suelen ser más bajos y delgados que sus pares. Se sabe que aumentan la presión arterial y la frecuencia cardíaca, sembrando riesgos cardiovasculares para el futuro. Se sabe que pueden provocar trastornos del sueño, ansiedad, irritabilidad, pérdida de apetito.
Pero hay un dato más grave. Un estudio publicado en 2018 siguió durante décadas a pacientes que habían tomado estimulantes en la infancia y encontró que tenían ocho veces más probabilidades de desarrollar enfermedades neurológicas como el Parkinson. El Parkinson es una enfermedad donde las células productoras de dopamina mueren. Los estimulantes, justamente, fuerzan a esas células a liberar dopamina de forma constante. No es difícil imaginar la relación.
Si esto ocurre con el cuerpo, ¿qué pasa con la mente? Con el alma del niño que recibe el mensaje de que su forma de ser es un desorden, que necesita una pastilla para estar bien, que su incomodidad no merece ser escuchada sino suprimida.
La etiqueta tiene un precio. Y ese precio lo pagan los niños con su crecimiento, con su corazón, con su sistema nervioso, con su autoestima. Lo pagan también con la oportunidad perdida de que los adultos —padres, maestros, profesionales— se pregunten qué está pasando realmente en su vida. Con la oportunidad de modificar entornos, de recuperar presencia, de reconstruir el tejido social que se deshilachó.
Porque una vez que la etiqueta está puesta y la receta está en la mano, la pregunta deja de hacerse. El niño ya no es un misterio que exige implicación; es un caso que exige cumplimiento. Y el sistema respira aliviado: no hubo que cambiar la escuela, no hubo que repensar la crianza, no hubo que reconstruir lo que se perdió en la cultura. Solo una pastilla.
El precio, como vemos, es más alto de lo que estamos dispuestos a admitir. Y la pregunta que queda flotando es: ¿hasta cuándo vamos a seguir pagándolo sin preguntarnos si hay otra forma?
Recuperar la responsabilidad
Llegamos hasta acá con un diagnóstico incómodo: la etiqueta TDAH nos ha servido más a los adultos que a los niños. Nos ha permitido no mirar el contexto, no cambiar la escuela, no revisar nuestra propia presencia. Y todo eso ha tenido un precio: niños medicados con anfetaminas durante años, efectos secundarios que recién ahora empezamos a dimensionar, y una oportunidad perdida de hacernos cargo de lo que realmente está pasando.
Pero un diagnóstico no es un destino. La pregunta ahora es: ¿qué hacemos con todo esto?
Porque no se trata de demonizar a los profesionales ni de prohibir los fármacos cuando realmente sean necesarios. Se trata de recuperar la pregunta antes de la etiqueta. De devolverle a la infancia el derecho a ser compleja, diversa, a veces desbordante, sin que eso signifique automáticamente un trastorno. De reconstruir los entornos que hemos dejado caer.
Y para eso hay herramientas. No son mágicas. No son rápidas. Pero son reales. Y no vienen en forma de receta, sino de pequeñas decisiones cotidianas que cada adulto puede tomar en el lugar que le toca.
En la escuela
Hay algo que los docentes saben mejor que nadie: el aula es un ecosistema. Y los ecosistemas pueden equilibrarse o desequilibrarse según lo que se siembra en ellos. Antes de derivar a un niño a un profesional, antes de sugerir una evaluación, vale la pena preguntarse: ¿qué está pasando en este espacio? ¿El niño que no para quieto está aburrido porque lo que se enseña no dialoga con su mundo? ¿El que se distrae lo hace porque no entiende lo que tiene que hacer? ¿El que interrumpe necesita atención que no encuentra de otra manera?
La flexibilidad no es debilidad. Permitir que un niño se mueva, que cambie de lugar, que tenga opciones para aprender, no es ceder al caos; es reconocer que los cuerpos y las mentes no funcionan con la misma cadencia. A veces una pausa de cinco minutos para estirarse, para correr al patio, para respirar hondo, hace más que cualquier ajuste farmacológico.
Y cuando la mirada se amplía, cuando la maestra se sienta con la familia no para pedir un diagnóstico sino para compartir lo que ve y escuchar lo que pasa en casa, el niño deja de estar atrapado entre dos mundos que no se hablan. El puente se construye con palabras, con tiempo, con la humildad de aceptar que nadie tiene la verdad completa.
En la casa
Para los padres y madres, la primera herramienta es también la más simple y la más difícil: preguntarse antes de buscar una etiqueta. ¿Qué está demandando este comportamiento? ¿Falta de límites claros? ¿Exceso de pantallas? ¿Falta de presencia adulta? ¿Miedo, angustia, aburrimiento, un grito que no sabemos traducir?
No se trata de culparse. Se trata de no delegar en una etiqueta lo que tal vez necesita otra cosa. La presencia no es estar todo el tiempo; es estar cuando se está. Una comida sin pantallas, un rato de juego sin apuro, una escucha que no corrige, un abrazo que no se apresura. Eso que parece tan simple es lo que más se ha perdido en la carrera de tener que llegar a todo.
También vale preguntarse por lo que entra por el plato y por lo que ocupa las horas. Los ultraprocesados, los azúcares, las pantallas sin límite, la falta de aire libre, la ausencia de contacto con la tierra y con otros cuerpos que se mueven… todo eso afecta el sistema nervioso de un niño. No es magia: un cuerpo que corre, que se ensucia, que se aburre y se reencuentra con la naturaleza, se regula de otra manera.
Y cuando un profesional ofrece solo una pastilla sin escuchar el contexto, sin preguntar por la escuela, por la casa, por lo que come, por lo que duerme, por lo que duele, los padres tienen derecho —y diría responsabilidad— de pedir otra mirada. La medicación puede ser una herramienta en casos puntuales, pero nunca puede ser la única respuesta.
En la consulta
A los profesionales de la salud les toca un lugar incómodo y privilegiado al mismo tiempo. Son quienes tienen el poder de abrir la puerta de la etiqueta o de detener la rueda antes de que gire demasiado.
No alcanza con un cuestionario de síntomas. Hace falta preguntar por la escuela, por la casa, por las pantallas, por la alimentación, por el sueño, por las relaciones. Lo que parece TDAH a veces es falta de sueño, a veces es abuso de pantallas, a veces es violencia en el entorno, a veces es una escuela que no contiene. Escuchar eso no es perderse en subjetividades; es hacer bien el trabajo.
También hace falta informar con honestidad. Decir lo que la ciencia sabe y lo que no sabe: que no hay marcadores biológicos, que los estudios genéticos no encontraron una base sólida, que la neuroimagen no sirve para diagnosticar, que los efectos secundarios de los estimulantes son reales y que los seguimientos a largo plazo no muestran beneficios sostenidos. No es alarmismo; es ética.
Y cuando se ofrece una alternativa, que no sea solo un fármaco. Acompañamiento familiar, orientación escolar, cambios en el entorno, tiempo. La medicación, si se usa, que sea con seguimiento riguroso y con la idea de que no tiene por qué ser para siempre.
La madre de todas las herramientas
Un niño no crece en un solo lugar. Crece en el cruce entre la escuela, la casa y la consulta. Si esos tres mundos no se hablan, el niño queda atrapado en el medio, fragmentado, traducido por cada adulto en un lenguaje distinto.
Por eso, la herramienta más poderosa es la más sencilla y la más abandonada: que los adultos se coordinen. Una reunión donde la maestra, los padres y el profesional comparten lo que ven, sin culpas, sin apurar un diagnóstico. Un acuerdo sobre qué va a cambiar en el aula, qué va a cambiar en la casa, qué acompañamiento se va a ofrecer. Un seguimiento que no delegue en un fármaco lo que debería resolverse entre todos.
En ese triángulo hay una punta que tiene un peso especial. La familia es quien tiene la responsabilidad —y principalmente el derecho— de elegir qué educación y qué salud quiere para su hijo. Nadie puede obligar a una familia a medicar si no lo considera necesario. Nadie puede imponer un diagnóstico que la familia no siente como propio. La escuela y los profesionales pueden orientar, pero la decisión final está en la casa. Eso no es un privilegio. Es un derecho. Y también una responsabilidad.