ODIAR SIN PERMISO – Cuando criminalizar las emociones es la última trampa


Hace unos meses, una abogada argentina fue detenida en Brasil por hacer presuntos gestos racistas a empleados de un bar. El video se viralizó. Los titulares se encendieron. En cuestión de horas, la condena social ya estaba dictada: era una racista, merecía la cárcel, que aprendiera. Los debates en programas de televisión y en las redes sociales no se hicieron esperar. Todos tenían una opinión. Nadie quería escuchar el contexto. La presunción de inocencia, ese pilar del derecho, se desvaneció antes de que empezara el juicio.


Y ahí aparece la primera pregunta incómoda: ¿cómo es posible que un gesto, una palabra, un tuit, puedan desatar una tormenta social tan feroz? ¿No es un poco desproporcionado? ¿No estamos, acaso, alimentando algo más grande que el hecho puntual que nos indigna?


Porque lo que ocurrió con ese caso no es una excepción. Es la regla. Cada semana, un nuevo escándalo: alguien dijo algo, alguien hizo un gesto, alguien publicó una foto. Y la máquina se pone en marcha. Los algoritmos de las redes sociales, que aprendieron que el odio y la indignación generan clics, empujan el contenido a miles de pantallas. Los medios, necesitados de audiencia, amplifican el conflicto. Y nosotros, los usuarios, nos sumamos al linchamiento con un clic, un comentario, un “no puede ser que siga pasando”.


¿Alguna vez te detuviste a pensar quién se beneficia de esta dinámica?


El sistema ha encontrado un mecanismo perfecto de control. No necesita censores que vigilen lo que pensás. Le basta con producir las condiciones para que el odio, la indignación y la intolerancia germinen por sí solos. ¿Cómo lo hace? Segmentando tu realidad. Los algoritmos te muestran lo que ya te gusta, lo que ya creés, lo que ya pensás. El distinto, el que opina distinto, aparece solo como caricatura, como enemigo, como prueba viviente de que tu bando tiene razón.


Y entonces ocurre lo inevitable: la grieta se profundiza. El sentimiento de pertenencia a tu tribu se refuerza no solo por lo que compartís, sino por lo que rechazás. El odio al otro se vuelve el cemento de tu identidad. Condenar al que se equivoca —al racista, al machista, al intolerante— te da un lugar. Te purifica. Te asegura que vos no estás del lado de los malos.


Por eso la condena social es tan feroz, tan rápida, tan irracional. No busca justicia. Busca marcar territorio. Es un ritual de pertenencia. "Yo condeno esto, luego soy bueno. Luego pertenezco.”


El problema —y acá empieza lo realmente inquietante— es que el sistema no tiene ningún interés en eliminar el odio. Al contrario: necesita que haya suficiente odio como para mantenernos enganchados, polarizados, distraídos. Pero no tanto como para que nos cuestionemos el propio sistema. El odio es el combustible. La indignación, el aceite. Y nosotros, los condenadores, somos los engranajes.


¿Y si la próxima víctima del linchamiento fueras vos? ¿Y si un gesto malinterpretado, una palabra sacada de contexto, una emoción que no supiste controlar, te convirtieran en el próximo condenado? ¿Seguirías aplaudiendo la misma dinámica?


La pregunta queda flotando, incómoda, mientras la máquina sigue girando y el próximo escándalo ya está en camino.


Criminalizar la emoción, el control perfecto


Una vez que la máquina ha hecho su trabajo —ha producido el odio, ha polarizado a la sociedad, ha instalado la indignación como estado de ánimo por defecto—, el sistema da el siguiente paso: criminalizar la emoción que él mismo ayudó a despertar.


Observá cómo funciona. Alguien hace un gesto, dice una palabra, publica un tuit. Ese acto, real o supuesto, es rápidamente etiquetado. Ya no se habla de "un comentario desagradable" o de "una reacción violenta". Se habla de "discurso de odio", de "delito de odio", de "acto de odio". La palabra "odio" se repite hasta el cansancio en los medios, en las redes, en las conversaciones cotidianas. No es casualidad. Nombrar algo de cierta manera es ya una forma de juzgarlo. La etiqueta es el juicio en si.


Y ese juicio tiene consecuencias. Porque el odio, a diferencia de otras emociones, se ha convertido en un crimen. Ya no se juzga solo lo que se hace; se juzga lo que se siente. O, al menos, lo que se interpreta como una expresión de odio. Pero ¿cómo se prueba el odio? ¿Con qué termómetro se mide la intención de un gesto? ¿Quién puede mirar dentro del corazón del otro y decir con certeza qué emoción lo movía?


Nadie. Pero la justicia emocional no necesita certezas. Le basta con la indignación.


Y aquí aparece la paradoja más siniestra de este mecanismo: el sistema penal tradicional juzga actos, no emociones. Para condenar a alguien por homicidio, hay que probar que mató. Para condenarlo por hurto, hay que probar que tomó algo ajeno. Pero para condenarlo por "odio", a veces basta con un video de segundos, una captura de pantalla, un testimonio ofendido. El contexto desaparece. La intención se da por descontada. La presunción de inocencia, ese pilar del derecho que nos protege a todos, se desvanece. Porque, como dijimos antes, ¿quién es inocente de odio?


La consecuencia más grave de esta lógica no es, sin embargo, la condena judicial. Por dura que sea, tiene un plazo, un recurso, una posibilidad de revisión. Lo realmente devastador es la condena social. Esa no tiene plazo. Esa no admite recurso. Esa no se revisa nunca. Una vez que sos señalado como "odiador", la marca queda para siempre. Las redes lo perpetúan, los medios lo repiten, tu empleador lo considera, tus amigos se alejan. Es una pena perpetua, impuesta sin garantías, sin contradicción, sin derecho a defensa.


¿Y cuál es la función de esta condena social implacable? No es la justicia. Es el control. Porque cuando todos saben que un error, un gesto malinterp---retado, una emoción mal canalizada pueden destruir su vida para siempre, entonces todos se vuelven dóciles. Se autocensuran. Se vigilan. Se vuelven predecibles. No hace falta que el poder te vigile: vos te vigilás solo por miedo.


Pero hay otra función, más oscura todavía. Condenar al otro nos purifica. Señalar al racista, al machista, al intolerante, nos asegura un lugar en la tribu de los buenos. Es un ritual de pertenencia. Al condenar, decimos sin palabras: "yo no soy así, yo estoy del lado correcto". Y esa satisfacción moral inmediata es adictiva. Por eso la condena social es tan feroz, tan rápida, tan irracional. No es un juicio. Es una catarsis. Es una forma de sentirnos menos culpables de nuestro propio odio secreto, proyectándolo en un chivo expiatorio.


El sistema, por supuesto, lo sabe. Y lo explota. Porque mientras nosotros estamos ocupados en condenar al otro, en alimentar la indignación, en defender la pureza de nuestra tribu, no miramos el engranaje. No preguntamos por qué el odio es tan redituable. No cuestionamos por qué las plataformas no cambian sus algoritmos si tanto les preocupa el discurso de odio. No nos damos cuenta de que estamos siendo administrados.


Porque el sistema no quiere eliminar el odio. Quiere la dosis justa. Suficiente para mantenernos enganchados, polarizados, distraídos. Pero no tanta como para que nos volvamos contra el propio sistema. El odio es el combustible. La indignación, el aceite. Y la condena social, el ritual que nos mantiene atados a la máquina, creyendo que somos libres mientras hacemos exactamente lo que el sistema espera de nosotros: reaccionar, señalar, condenar. Sin preguntar. Sin dudar. Sin pausa.


El error de fondo – confundir reacción con respuesta


Hasta acá hemos visto cómo el sistema produce el odio, lo etiqueta y lo criminaliza. Hemos visto cómo la condena social se convierte en un ritual de pertenencia que nos purifica y nos mantiene dóciles. Pero hay un error de fondo en todo este mecanismo, un error que rara vez se menciona en los debates, en los titulares, en las condenas virales.


El sistema confunde reacción con respuesta. Y al hacerlo, confunde también emoción con sentimiento, y ambos con delito.


Vamos a desarmar esto con cuidado. Porque aquí está la clave para entender por qué la criminalización del odio es, en el fondo, un disparate.


En el cuerpo humano hay tres centros que procesan la realidad de manera distinta. No es una metáfora; es una forma de entender cómo funcionamos. El cerebro procesa pensamientos: razona, analiza, planifica. El corazón procesa sentimientos: interpreta lo que ocurre en base a nuestras expectativas, nuestra cultura, nuestras creencias heredadas. El hígado procesa emociones: respuestas viscerales, irracionales, animales. Odio, rabia, miedo, angustia, rencor, ira. La emoción es un torrente que emerge del cuerpo antes de que el pensamiento pueda intervenir.


Y aquí está la primera distinción fundamental, la que todo el mundo parece ignorar: sentimiento no es lo mismo que emoción.


Cuando tu pareja te engaña, podés decir “me siento traicionado”. Eso es un sentimiento. Ya hay una interpretación, una expectativa rota, un relato. El sentimiento tiene algo de pensamiento, algo de cultura. Pero antes de ese sentimiento, hubo algo más visceral: odio, rabia, un deseo primitivo de destruir. Eso es la emoción. La emoción no razona. No negocia. No espera. Es pura energía instintiva.


La mayoría de la gente no distingue entre una cosa y la otra. Y el sistema, por supuesto, tampoco.


Ahora bien, hay dos caminos posibles para interactuar con la realidad. Dos formas de procesar lo que te pasa. El primer camino es el de la reacción. Empieza en el hígado: surge la emoción visceral. Luego pasa al corazón: esa emoción se viste de un sentimiento que la justifica (“me siento traicionado”, “me siento humillado”). Finalmente llega al cerebro: el pensamiento se pone al servicio de esa emoción y genera conclusiones como “es una mala persona, merece que lo insulte, que lo agreda, que lo lastime, que lo cancele”.


En ese camino, la emoción gobierna. El pensamiento es solo un abogado que defiende lo que ya decidió el instinto. No hay libertad. Hay reacción.


El segundo camino es el de la respuesta. Empieza en el cerebro: razonás lo que pasó, analizás el contexto, te preguntás qué es lo mejor para hacer. Luego pasa al corazón: ese pensamiento modula tus sentimientos, podés sentir tristeza en lugar de humillación, sorpresa en lugar de traición. Finalmente llega al hígado: la emoción visceral, si aparece, se vive de otra manera. No se reprime, no se niega, pero tampoco domina. Se elige cómo experimentarla. Se elige qué hacer con ella.


En ese camino, no sos víctima de tus emociones. Sos responsable de ellas. No las reprimís hasta explotar, pero tampoco les permitís gobernarte. Las habitás con libertad.


¿Cuál de los dos caminos creés que usa la mayoría de la gente hoy? ¿Cuál creés que fomentan los algoritmos, los medios, las redes sociales, la polarización permanente? Exacto. El primero. El camino de la reacción.


Y ahí está el error de fondo del sistema. Porque cuando alguien hace un gesto racista, dice una palabra violenta o publica un comentario de odio, el sistema asume que esa persona actuó desde el camino de la respuesta. Asume que hubo un pensamiento deliberado, una intención consciente, un plan. Y la castiga como si así fuera.


Pero ¿y si fue una reacción? ¿Y si la emoción visceral tomó el control antes de que el pensamiento pudiera intervenir? ¿Y si la persona ni siquiera tuvo tiempo de hacer el otro camino? ¿Y si su gesto fue un resto de una emoción que no supo gestionar, no un acto de odio fríamente calculado?


El sistema no se hace esas preguntas. La condena social, menos. Porque el sistema no está interesado en la verdad del otro. Está interesado en el espectáculo. Y para el espectáculo, el matiz estorba. La distinción entre reacción y respuesta es un lujo que nadie quiere permitirse cuando hay una condena que emitir y una tribu a la que pertenecer.


Pero si no entendemos esa diferencia, si seguimos confundiendo la emoción visceral con el pensamiento deliberado, si seguimos castigando reacciones como si fueran crímenes de lesa humanidad, entonces no estaremos haciendo justicia. Estaremos alimentando la misma máquina que nos vuelve a todos más reactivos, más impulsivos, más gobernados por nuestras peores emociones.


Y entonces la pregunta que el sistema no quiere que hagas es: ¿estás reaccionando o estás respondiendo? ¿Estás eligiendo con libertad o te está eligiendo tu instinto? ¿Estás juzgando porque es justo o porque necesitas sentirte puro?


Porque si no podés responder esa pregunta en vos mismo, ¿cómo vas a exigir que el otro la responda antes de condenarlo?


La intencionalidad del control


Llegamos a un punto incómodo, de esos que pocos se animan a nombrar en voz alta. Porque hasta acá hemos descrito un mecanismo: la producción del odio, su criminalización, la condena social como ritual de pertenencia, la confusión entre reacción y respuesta. Podríamos quedarnos ahí, decir que es un proceso natural de una sociedad hiperconectada, una derivación no deseada de la tecnología, un exceso de sensibilidad colectiva. Podríamos. Pero sería mentir.


Esto no es casual. No es un desvío. No es un efecto colateral.


La criminalización de la emoción, la instalación de la condena social perpetua, la vigilancia colectiva de cada palabra y cada gesto, la necesidad de tener siempre un enemigo a quien señalar… todo eso es un mecanismo de control. Y los mecanismos de control no aparecen por generación espontánea. Alguien los diseña. Alguien los alimenta. Alguien se beneficia de ellos.


Las élites de poder —las que manejan los grandes medios, las plataformas tecnológicas, los sistemas políticos— han encontrado en esta dinámica la herramienta de dominación perfecta. No necesitan tanques ni censores explícitos. No necesitan prohibir libros ni clausurar periódicos. Les basta con administrar la indignación. Con dosificar el odio. Con señalar un chivo expiatorio cada vez que las masas amenazan con mirar hacia arriba.


Pensalo. ¿Qué pasa cuando un gobierno aplica medidas impopulares, cuando una corporación comete un abuso, cuando el sistema económico genera más pobreza? Algo tendría que ocurrir. La gente tendría que enojarse, salir a la calle, preguntar. Pero si en ese mismo momento aparece un escándalo —alguien dijo algo racista, alguien hizo un gesto ofensivo, alguien publicó un tuit desafortunado— entonces la atención se desvía. La indignación tiene un nuevo objeto. El enemigo ya no es el sistema, es el racista de turno, el machista de turno, el intolerante de turno.


Y mientras todos condenan al chivo expiatorio, el sistema respira aliviado. La presión social se libera en el linchamiento simbólico. Nadie pregunta por las políticas que empobrecen, por los desalojos, por las guerras, por la contaminación. Están demasiado ocupados siendo buenos. Demasiado ocupados sintiéndose puros al condenar al otro.


¿No es curioso cómo los escándalos por "odio" estallan siempre en los momentos más convenientes? ¿No es curioso cómo los casos más virales son aquellos que involucran a figuras incómodas para el poder? ¿No es curioso cómo la condena se ensaña con unos y apenas roza a otros, según la tribu a la que pertenezcan?


No es casualidad. Es ingeniería social.


Y la pieza clave de esa ingeniería es la autocensura voluntaria. Cuando todos saben que cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier reacción emocional puede convertirlos en el próximo condenado, entonces todos se vuelven dóciles. No hacen falta policías del pensamiento. Cada uno es su propio policía. Cada uno vigila lo que dice, lo que escribe, lo que siente. Cada uno se ajusta al molde de lo aceptable, por miedo a quedar fuera de la tribu, por miedo a la condena perpetua.


Eso no es libertad. Eso es domesticación.


El sistema no quiere eliminar el odio. Si lo eliminara, perdería su combustible más eficaz. Lo que quiere es administrarlo. La dosis justa: suficiente para mantener a las masas entretenidas, polarizadas, distraídas, pero no tanta como para que la furia se vuelva contra el propio sistema. Por eso el odio siempre tiene un destinatario permitido: el otro bando, el distinto, el que ya está señalado. Por eso la indignación siempre tiene un blanco seguro: el que no tiene poder para defenderse, el que ya está caído, el que la tribu ya condenó.


Mientras tanto, los verdaderos poderosos —los que toman las decisiones que afectan nuestras vidas— miran desde lejos. No les alcanza la condena social. No les alcanza el escrache. No les alcanza el odio. Porque ellos no son el objeto permitido del odio. Ellos están fuera del juego. Ellos son los que diseñaron el tablero.


La pregunta que el sistema no quiere que te hagas es muy simple, pero duele: ¿a quién beneficia realmente esta cacería de brujas moderna? ¿A las víctimas del racismo, que ven banalizada su lucha con tanto escándalo vacío? ¿A los condenados, que pierden su vida por un gesto? ¿O a los que se sientan arriba, mirando cómo nos destrozamos entre nosotros mientras ellos siguen mandando?


Si la respuesta te incomoda, tal vez sea momento de dejar de reaccionar y empezar a responder. Tal vez sea momento de preguntarte si estás participando de un ritual de purificación o si estás realmente construyendo algo más justo. Tal vez sea momento de mirar para arriba, no solo para abajo y el costado.


Recuperar la soberanía – el camino de la respuesta


Hemos caminado por territorios incómodos. Hemos visto cómo el sistema produce el odio que luego condena. Cómo la condena social se convierte en un ritual de pertenencia que nos purifica y nos domestica. Cómo el sistema confunde reacción con respuesta, emoción con delito. Y hemos señalado, sin miedo, que todo esto no es casualidad: es un mecanismo de control diseñado para mantenernos polarizados, distraídos y dóciles.


Frente a este panorama, hay dos opciones. La primera es seguir participando del juego sin preguntarnos. Reaccionar al próximo escándalo, condenar al próximo condenado, sentirnos puros por un rato, y esperar a que la máquina nos ofrezca la siguiente víctima. Es cómodo. Es adictivo. Es, sobre todo, irresponsable.


La segunda opción es más difícil, pero es la única que nos devuelve la dignidad. Es la opción de recuperar la soberanía sobre nosotros mismos. Y para eso, necesitamos aprender a transitar el otro camino, el menos usado, el que el sistema no quiere que conozcas.


Mucho tiempo lo llamé el camino al inconsciente. Hoy lo entiendo como el arte de responder en lugar de reaccionar.


Vamos a recordar cómo funciona. El camino de la reacción empieza en el hígado: la emoción visceral —odio, rabia, miedo— toma el control. Luego sube al corazón, que la viste con un sentimiento que la justifica: “me siento traicionado”, “me siento humillado”. Finalmente llega al cerebro, que genera un pensamiento al servicio de esa furia: “es una mala persona, merece que lo destruya”. En ese camino, no hay libertad. Sos un títere de tu propia biología. El sistema lo sabe, y por eso te empuja constantemente a ese camino con sus algoritmos, su polarización, su indignación permanente.


El camino de la respuesta es el inverso. Empieza en el cerebro: te detenés, pensás, analizás el contexto, te preguntás qué es lo mejor para hacer. Luego baja al corazón: ese pensamiento modula tus sentimientos; podés sentir tristeza en lugar de humillación, sorpresa en lugar de traición. Finalmente llega al hígado: la emoción visceral, si aparece, se vive de otra manera. No se reprime, no se niega, pero tampoco domina. La elegís. Decidís cómo experimentarla, qué hacer con ella.


En ese camino, no sos víctima de tus emociones. Sos responsable de ellas. No las reprimís hasta explotar —eso es igual de dañino que dejarte gobernar—, pero tampoco les permités que tomen el control. Las habitás con libertad. Y esa libertad, esa capacidad de elegir tu respuesta frente a lo que te pasa, es el último territorio que el sistema no puede colonizar.


No se trata de no sentir. Se trata de no ser gobernado por lo que sentís.


Y esto, que parece una práctica individual, es en realidad el acto de resistencia más radical que podés hacer en este mundo diseñado para volverte reactivo. Cada vez que, frente a una provocación, frenás un segundo antes de responder; cada vez que, en lugar de sumarte al linchamiento, te preguntás qué contexto hay detrás; cada vez que, en lugar de condenar al otro, mirás tu propia sombra; en ese momento, estás rompiendo el engranaje. Estás siendo libre en un sistema que quiere robots predecibles.


Pero la resistencia no tiene que ser solitaria. El sistema nos atomiza, nos enfrenta, nos convence de que el otro es el enemigo. La respuesta colectiva también es posible.


¿Y si los adultos —padres, maestros, profesionales— nos coordinamos para enseñar este camino a los más jóvenes? ¿Y si, en lugar de apurar un diagnóstico o una etiqueta, les enseñamos a distinguir entre reacción y respuesta? ¿Y si, en lugar de castigar la emoción, les mostramos cómo habitarla sin ser dominados por ella?


Esa coordinación entre adultos —familia, escuela, clínica— es la madre de todas las herramientas. Porque un niño que aprende a hacer el camino de la respuesta no va a necesitar una pastilla para estar quieto. No va a necesitar un diagnóstico para explicar su desborde. No va a necesitar una etiqueta para sentirse válido. Va a saber que sus emociones no son un error, sino una energía que puede gestionar con libertad y responsabilidad.


La verdadera distopía no es un mundo sin emociones, como imaginó Huxley en "Un mundo feliz". Es un mundo donde las emociones se han convertido en el campo de batalla legal y social, donde nadie se anima a sentirlas por miedo a la condena perpetua, donde todos caminan sobre cáscaras de huevo, vigilando cada palabra, cada gesto, cada pensamiento.


Resistir es negarse a ese mundo. Es volver a habitar el propio cuerpo, el propio pensamiento, la propia responsabilidad. Es elegir el camino de la respuesta una y otra vez, aunque el sistema te empuje al de la reacción. Es saber que el odio, la rabia, el miedo, van a seguir apareciendo —porque son humanos—, pero que vos decidís qué hacer con ellos.


No se trata de ser perfecto. Se trata de ser libre. Y la libertad, en este tiempo, empieza por un acto pequeño pero revolucionario: frenar, pensar, elegir. Antes de reaccionar. Antes de condenar. Antes de delegar en otro la responsabilidad de tu propia humanidad.


Porque si no sos vos quien elige cómo responder, entonces alguien más va a elegir por vos. Y ese alguien no tiene tus intereses en mente.